El castillo

Observar la perennidad del hábitat grabado en el acantilado de Eyzies es una obvia necesidad. El emplazamiento privilegiado de su terraza superior que domina un amplio territorio de caza y un lugar de paso obligatorio de hordas de renos fue sin duda el primer motivo, que dictó la elección de los Magdalenienses, hace 12.000 años. Huellas de su instalación se mantienen todavía, atrapadas entre los dos cuerpos del edificio del castillo, donde fueron descubiertas y excavadas a comienzos del siglo XX. Pero entre estas dos extremidades, y tras un intervalo medieval todavía muy mal conocido, al que se deben, probablemente, las numerosas estigmas dejadas en la roca (agujeros de postes y de vigas, saledizos y cuevas), la historia del castillo de Eyzies merece que nos detengamos en ella.

Al contrario de lo que dicen las aserciones de la literatura tradicional, esta sólida construcción es una creación relativamente reciente, cuya edificación está íntimamente relacionada con la historia privada de la familia de Beynac. Fue, en efecto, en el acto de donación de Jeanne de Campnac, en favor de su hijo benjamín, Jean Guy de Beynac, registrado en 1585, que encontramos la primera mención de la existencia del castillo. Unos cuantos años antes (el 11 de diciembre de 1578), se había concedido el derecho de construir una casa fortificada a Jean Guy, en el lugar de su elección. El mérito es pues de este personaje estrambótico, cuya existencia se parece a una novela de capa y espada, de haber considerado el interés de este emplazamiento bien protegido, bien expuesto, en la confluencia del río Beune y del Vézère, vías de comunicación casi obligatorias en estas regiones boscosas.

Un cuarto de siglo después de su edificación, faltó poco que se arrasa el castillo debido, a la orden del Consejo privado de marzo de 1606, pero la actuación de Turenne suspendió la amenaza. Tras la muerte de Jean Guy, alrededor de 1615, sus herederos aportaron pocas modificaciones al edificio, máxime cuando el destino de esta familia no se salvó de las armas, ya que tres hijos murieron en los campos de batalla de Luis XIV. En 1748, el castillo y las tierras le tocan, por matrimonio, a Elisabeth de la Borie de Campagne, que reside aquí hasta su muerte. Géraud, su nieto, manifestará el deseo de emprender renovaciones del edificio, pero la Revolución les pondrá fin, obligándole a emigrar. Trágica ironía del destino, François Lassudrie compra el edificio, en el año XI... ¡Para hacer una cantera de piedra!

Empieza entonces el desmantelamiento, continuado por los herederos, hasta 1846, fecha de la compra salvadora por la familia Esclafer. Ya era hora. De esta ruina entristecida solo quedan unos muros de aspecto ciclópico, unas ventanas con parteluces, una base de garita; en el interior, dos salas abovedadas y dos chimeneas monumentales se habían salvado del desastre. En 1913, Denis Peyrony compra por cuenta del Estado las ruinas del Castillo de Eyzies para instalar aquí un depósito de excavaciones, duplicado por un verdadero museo: otra historia iba entonces a empezar...